La marea baja
Nadie en el pueblo recordaba una bajamar semejante.
El Atlántico no solo se había retirado de las escolleras: había dejado al descubierto un suelo de piedra negra y limo azulado que no figuraba en ninguna carta náutica. Los pescadores más viejos hablaban en voz baja. Algunos señalaban formas en la roca que recordaban a arcos, a dinteles, a umbrales de puertas que nadie había cruzado en varias generaciones.
Mikel fue el primero en bajar con botas de agua hasta el borde del barro. Llevaba la linterna de su padre —una vieja RADEX de latón que olía a petróleo— y la cámara de su ex, que aún guardaba el rollo sin revelar de las vacaciones pasadas.
—Si no volvemos antes de que suba la marea —dijo sin dirigirse a nadie en particular—, habrá que buscar otro tema de conversación.
Nadie se rió. Era el tipo de chiste que funciona peor cuando el mar te mira fijo desde el horizonte.